El PSOE propone al PP "un gran acuerdo" para RTVE

El portavoz del PSOE en el Congreso de los Diputados, Antonio Hernando, ha propuesto un pacto para un nuevo modelo de programación y financiación de RTVE, a lo que el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, le ha contestado que la prioridad es adaptar la corporación a las nuevas tecnologías y los cambios en el consumo televisivo que suponen.

Hernando ha arrancado su pregunta en la sesión de control denunciando que el número de españoles que se informa en TVE ha bajado 20 puntos, del 39% al 19%, en los últimos cinco años, pese a sus "excelentes profesionales", y ha mencionado supuestas denuncias por manipulación, por el cambio en la forma de elegir a su presidente y por su modelo económico cuestionado, y ha inquirido a Rajoy si ha dado los pasos para convertir la corporación pública en la BBC, su modelo confeso, o cuáles va a dar para conseguirlo a partir de hoy.

Rajoy ha contestado que los profesionales de TVE son "plurales e independientes" y también los tertulianos, que "opinan como estiman oportuno", y ha afeado al PSOE el ERE que costó 2.500 millones al erario y la supresión de la publicidad, con la consecuente pérdida de ingresos. Además, ha presumido de que RTVE cerrará por primera vez el año sin déficit y de que los telediarios son los más vistos de todas las cadenas.

Hernando ha abogado por una RTVE de calidad, independiente, creíble y sostenible, y para ello propone al Gobierno y el resto de partidos "un gran acuerdo para un nuevo modelo de financiación, de gobernanza y de programación de servicio público, que garantice el futuro de RTVE y sus trabajadores, aprovechando que el PP no tiene mayoría absoluta". Y, tirando del hilo, le ha invitado a rectificar no sólo en este tema sino en las pensiones, cuya revalorización vetó el Gobierno; con los sindicatos, que anunciaron movilizaciones tras reunirse con él, y en el Consejo de Política Fiscal y Financiera de esta semana, para que no haya recortes a comunidades ni ayuntamientos.

 

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Cambio urgente en RTVE

EDITORIAL "EL PAÍS"

La regeneración institucional que con tanto énfasis han prometido los grandes partidos en los últimos meses no puede dejar de lado a la radio y la televisión públicas. Unos medios imparciales son síntoma de buena salud democrática, pero cualquiera que sintonice los canales públicos (estatales, autonómicos o locales) podrá comprobar que la independencia y el pluralismo brillan por su ausencia.

Especialmente crítica es la situación de RTVE, gestionada como si fuera la corporación audiovisual del PP. Cambiar la ley para nombrar un presidente afín, como hizo Mariano Rajoy tras llegar al poder en 2011, es impropio de un país occidental. Esta reforma, como se ha visto, ha provocado un rebrote del sectarismo y una caída de la audiencia. Los partidos están en la obligación de alcanzar un pacto de Estado que devuelva a la televisión pública la credibilidad informativa, y pueda así afrontar una programación de calidad y no contaminada por los canales privados, cuyo único objetivo es conseguir audiencia.

La nueva legislatura debe restablecer de manera urgente el consenso para nombrar un presidente de RTVE independiente, ajeno a los vaivenes electorales, comprometido con la defensa del pluralismo informativo y avalado por una mayoría cualificada del Congreso de los Diputados, como se estableció en la ley de 2006.

 

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La televisión pública reclama su despolitización

Desde hace varias temporadas, una gran mayoría de los dirigentes socialistas y de otras formaciones de izquierda que acuden como invitados a los programas informativos de TVE lucen en la solapa un lazo naranja. La iniciativa, impulsada por los trabajadores de la corporación, nació como una expresión en favor de la televisión pública y, por extensión, como un toque de atención sobre la necesidad de defender una programación independiente y de calidad. Con el tiempo, se ha convertido en un gesto de protesta contra la actual etapa de gestión, encabezada por el periodista José Antonio Sánchez, designado presidente de RTVE en 2012 con el único respaldo de los diputados del PP.

Con 60 años recién cumplidos, la televisión pública reclama un hueco en la primera línea del debate político. La audiencia está bajo mínimos (TVE-1, el canal estrella, registra a menudo cuotas de pantalla por debajo del 10%), la parrilla se diferencia poco de la de los operadores privados, y los telediarios están permanentemente cuestionados por su inclinación a favor del Gobierno.

Las críticas no solo proceden de los partidos de la oposición. Los propios trabajadores advierten del declive de la cadena y del deterioro de uno de sus pilares fundamentales: los servicios informativos. A este clima contribuye la contratación de periodistas “afines al PP” para desempeñar los puestos clave. El malestar se ha redoblado esta semana como consecuencia de dos polémicos nombramientos: el de Elena Sánchez Pérez como directora adjunta de Los desayunos, y el de María José Sastre como editora del Telediario 1.

 

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Más sucesos

Manuel Hidalgo

Nos disponemos a ver un telediario. El más tonto del lugar sabe que en el mapa del mundo están clavadas por doquier banderitas rojas que señalizan guerras, graves conflictos y problemas, procesos inciertos, derivas inquietantes, mutaciones peligrosas, crisis cruciales. El planeta entero está viviendo una gran transformación, que es histórica e inédita por los agentes científicos, tecnológicos, culturales, económicos, ideológicos, sociales y morales concurrentes.

No es seguro, ni mucho menos, que todo ese cambio sea definitivamente para peor, pues nada es definitivo según sabemos. Puede ser un cambio circunstancial en lo más negativo, un largo momento de barullo y desconcierto, de daños y perjuicios, al que, tal vez, le siga, como ya antes ocurrió, la aparición de nuevas vías de luz, de sosiego, de sentido y de mejora.

De hecho, cada día, entre todos los agentes antes mencionados no son pocos los que producen hallazgos, ejemplos y modelos muy positivos y esperanzadores.

Nos disponemos a ver un telediario, decía. Y, después del adelanto obligado de un par de noticias en verdad relevantes, se nos arroja una paletada de titulares sobre sucesos mórbidos -crímenes, abusos, acosos, accidentes, fiestas bárbaras, delitos sexuales y otras historias del horror cotidiano- que nos transmiten lo peor del comportamiento humano y que, a todas luces, tienen como objetivo evitar que nos despeguemos del televisor: ahora tenemos que hablar, qué remedio, de algunos asuntos importantes, pero no se vayan, que enseguida les vamos a echar su ración de carnaza.

Esto implica un tremendo desprecio a la sensibilidad y a la inteligencia crítica de los espectadores. Pero todavía es peor: los espectadores, en infernal círculo vicioso, están esperando esa clase de noticias con mayor curiosidad que las en verdad importantes, según parecen confirmar los estudios de audiencia que aconsejan incluir esos contenidos. Y, entrando de lleno en lo insoportable, no son, al parecer, las televisiones quienes desprecian a los espectadores, sino que somos los que soltamos estas monsergas, quienes les estamos despreciando, pues si llegamos a calificar de basura -también fuera de los informativos- lo que esas televisiones ofrecen, estamos llamando basura a los millones de espectadores que las consumen.

 

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